Se suele decir que el medio ambiente es invaluable, después de todo es evidente lo mucho que todas las facetas de nuestra vida se conectan a él de una manera u otra a lo largo de toda la historia humana, sin embargo, nunca faltan aquellas personas que confunden a las cosas invaluables con las cosas sin valor. 

A lo largo de la historia humana, cada vez se ha presentado con más intensidad el debate entre la conservación del medio ambiente y su explicación para generar recursos y riquezas. Esta disyuntiva se encuentra en su auge actualmente, pues vivimos el debate entre la explotación industrial, que busca obtener una ganancia inmediata transformando los ecosistemas naturales; y el desarrollo sostenible, que se esfuerza por establecer un paradigma que permita el crecimiento económico con el menor impacto posible sobre el medio ambiente.

En un principio, los partidarios de la explotación industrial se abrigaban tras el argumento de que la riqueza natural de nuestro planeta está al servicio de las generaciones presentes, por tanto consideraban razonable sacrificarla para dar lugar a riquezas e infraestructura que perdurarían para las siguientes generaciones. 

Pero este razonamiento pierde su base ante un novedoso estudio que cuantifica el valor económico de los servicios ecosistémicos brindados por el medioambiente, de esta manera el estudio compara los beneficios económicos de modificar intensivamente al ecosistema con la ganancia que implican sus servicios ecosistémicos proyectadas a lo largo de cincuenta años.

Los resultados revelan que hasta un 70 % de los ecosistemas estudiados producirán una mayor ganancia económica en el tiempo si se mantienen como áreas naturales.

Servicios naturales

Pero, ¿cómo pueden justificarse que un ecosistema produce más ganancias económicas al permanecer sin modificar?, es gracias a los servicios ecosistémicos que generan. Servicios ecosistémicos es el nombre que se le da a los beneficios para los humanos y el medio ambiente que generan los ecosistemas saludables. Puede parecer una pequeñez desde el punto de vista económico pero la naturaleza realiza funciones importantísimas como la fijación de carbono, depuración del agua, producción de combustible y alimento e incluso la renovación del oxígeno atmosférico, sin implicar ningún costo económico directo para la humanidad. 

Por otro lado, la transformación del ecosistema para aprovechar sus recursos y su espacio implica en sí misma un gasto monetario, y además las ganancias económicas producidas por una sección de bosque talado para realizar cultivos, un humedal drenado para usarse como terreno de construcción o un manglar destruido para obtener madera de alta calidad son limitadas en todo caso.

A esto hay que agregar que una vez que el ecosistema ha sido alterado más allá de su capacidad para restaurarse, no puede seguir proveyendo los servicios ecosistémicos, obligando a los humanos a realizar un gasto aún mayor para suplir las funciones que el medio ambiente ya no puede llevar a cabo. Viéndolo de esta manera es evidente que la pérdida asociada a la transformación del ecosistema a largo plazo es mucho mayor que cualquier ganancia que se pueda obtener a corto plazo.

Preservando nuestra naturaleza

Basados en la gran variedad de beneficios que recibimos del medio ambiente, podría decirse que nuestro bienestar económico, social y ecológico está ligado fuertemente al bienestar de los ecosistemas que nos rodean. Esta no es una exageración e implica que nuestra mejor apuesta, si deseamos seguir recibiendo los servicios ecosistémicos de nuestro medio ambiente, es seguir las pautas del desarrollo sostenible que permitirán a nuestra sociedad seguir creciendo sin poner en entredicho la integridad de nuestro planeta.

Después de todo, los servicios ecosistémicos ilustran a la perfección el principio de interdependencia que rige la manera en la que funcionan los ecosistemas, y constituyen un tesoro invaluable para toda la vida en nuestro planeta.