Usualmente se hace énfasis en la necesidad de disminuir las acciones humanas en los ecosistemas naturales, después de todo es innegable que las actividades antropogénicas suelen afectar el funcionamiento natural del ambiente en maneras que no son fáciles de predecir, por tanto, es preferible no inmiscuirse innecesariamente en su funcionamiento. Sin embargo, en ciertas situaciones que representan un riesgo potencial para el ambiente y las personas que lo utilizan, la intervención humana es inevitable, el ejemplo perfecto de esto son las plagas.

Las plagas son organismos que, por su estilo de vida o sus características, pueden causar problemas para la salud, la infraestructura o el ambiente; el ejemplo que nos ocupa hoy es de la llamada procesionaria del pino. Este pequeño insecto es una polilla que hace vida en los bosques de coníferas de Europa, durante la mayor parte de su ciclo vital viven como orugas peludas que habitan dentro de nidos cónicos en las ramas más altas de los pinos.

La vida de las larvas

Estas larvas se consideran plagas pues salen de sus nidos formando largas filas que extienden por las ramas de los pinos devorando sus acículas en grandes cantidades, el daño causado por poblaciones de estos organismos expone los árboles a enfermedades capaces de matarlos y se estima que a lo largo de la historia, la procesionaria del pino ha sido la principal causa de defoliación en los bosques del sur de Europa.

Por si fuese poco, este insecto también constituye un problema a nivel de salud, pues las cerdas que las cubren son urticantes y pueden afectar seriamente a las personas que recorren los bosques sin la debida protección, causando enrojecimiento e inflamación severos en piel y ojos. Por estas razones, se considera a esta especie una plaga que debe controlarse en muchos países, incluyendo a España.

Aviones contra orugas

A lo largo de los años se ha desarrollado una variedad de métodos para mantener controlada la plaga y evitar su efecto dañino sobre el ecosistema de los bosques y la salud de sus visitantes. En tiempos antiguos, se aplicaban métodos como retirar manualmente los nidos de las orugas o inyectarles una mezcla de aceite y veneno, pero en tiempos modernos la forma de control más utilizada es mediante tratamientos aéreos.

Los tratamientos aéreos consisten en el uso de un pesticida que se dispersa desde aviones que vuelan a baja altitud sobre las extensiones de bosque afectadas. En un principio esta medida puede parecer irresponsable y exagerada, bombardear los bosques con veneno parece una receta perfecta para dañar el ambiente pero en realidad es una alternativa bastante segura. Los pesticidas utilizados son una mezcla dirigida especialmente a la procesionaria del pino con una toxicidad moderada y baja persistencia ambiental, asegurando que tenga un efecto potente sobre la especie objetivo sin contaminar el ambiente, además la dispersión aérea permite cubrir grandes extensiones de bosque con un coste reducido.

Interferencia responsable

Incluso en casos como el de procesionaria y otras plagas, existen personas que argumentan que nunca se debería intervenir en el funcionamiento del ambiente, pues incluso las criaturas consideradas plagas por los humanos cumplen con un papel importante dentro de los ecosistemas y que al afectarlas el resultado final siempre será negativo. Sin embargo, esta visión pasa por alto el hecho de que los humanos también son organismos dentro del ambiente con sus propias necesidades. Intervenir para prevenir los daños causados por otros organismos no tiene nada de malo mientras se haga de una manera correcta y responsable. Después de todo, las plagas deben ser controladas, no erradicadas.