Cuando pensamos en la polución, nos viene a la mente las emisiones de la combustión de los combustibles fósiles derivadas del tránsito automotor. Pero es sorprendente que sean los buques los que producen 500 veces mayor contaminación, entre otras cosas, porque esta contaminación se produce mayormente en alta mar gracias al transporte marítimo y por lo tanto no la percibimos directamente.

Anualmente, el transporte marítimo moviliza más de 10 mil toneladas entre contenedores, carga a granel sólida y líquida. Por otra parte, el turismo de crucero movilizó en el año previo a la pandemia 30 millones de personas. Todo esto tiene un impacto negativo sobre el medio ambiente.

A pesar de que las compañías navieras están bajo las regulaciones establecidas por el Convenio Internacional para la Prevención de la Contaminación por los Buques (MARPOL), el transporte marítimo aún sigue teniendo un efecto ambiental negativo, por la generación de gases de efecto invernadero, contaminación del aire, la descarga del agua de lastre, liberación de carga seca a granel, basura y contaminación acústica submarina, entre otros.

En las zonas portuarias y costeras es donde es más evidente este tipo de contaminación. De acuerdo con cifras emitidas por el Gobierno español (2016), el tráfico marítimo internacional es responsable del 40 % de las emisiones de óxidos de nitrógeno, 44 % de óxidos de azufre y 22 % de micropartículas.

Los problemas que ocasionan los cruceros

La normativa internacional en torno al tratamiento y vertido de residuos, ha estado dirigida principalmente hacia el transporte marítimo de carga, sin darle la importancia que requiere la actividad de los cruceros. Es así como toneladas de residuos son descargados en los océanos sin casi ningún tratamiento. Estos vertidos contienen residuos orgánicos, aguas servidas, sustancias tóxicas, hidrocarburos y agentes patógenos entre otros.

Algunos países, que son los principales destinos turísticos para estos cruceros, han creado normativas estrictas para lograr mitigar el impacto ambiental, sin embargo, a cuatro millas de la costa, en aguas internacionales, se encuentran libres de estas obligaciones legales.

Todo se debe al tipo de combustible que usa el transporte marítimo

Para la propulsión de estas grandes embarcaciones se usan combustibles fósiles menos depurados y por lo tanto poseen un mayor contenido de azufre, metales pesados y cenizas, todo esto en función del costo. Esto hace que sus emisiones contengan altas concentraciones de óxido de azufre (SO2), óxidos de nitrógenos (NO2 y NO3), alto contenido de partículas y, por supuesto, un nivel elevado de dióxido de carbono (CO2).

Propuestas para mitigar este problema

La Organización Marítima Internacional (OMI) ha establecido para los combustibles usados en este tipo de transporte un límite máximo para el contenido de azufre de 5 000 ppm. Aún sigue siendo alto si lo comparamos con lo que la Unión Europea establece para el transporte terrestre, el cual es de 10 ppm.

Una solución es la eliminación del azufre durante el refinado del combustible o el uso de un depurador de gases que lo elimine durante su emisión, ambas son soluciones costosas. Pero hay otras alternativas como el uso de gas natural licuado o el de biocombustibles.

En cuanto a la reducción de las emisiones de CO2, se ha propuesto bajar el consumo de combustible en relación con la carga que se transporta. Para ello se recomienda aumentar la carga mediante el aumento del tamaño del barco y reduciendo la velocidad de crucero. Esta relación implica mejora en el diseño de las nuevas embarcaciones.

Es necesario ir avanzando en normativa legal y ambiental en la sustitución progresiva de combustible fósil en estos medios de transporte y que para el caso de los cruceros se establezca una legislación más exigente.